Para la década de 1910 el fortalecimiento
de la infraestructura ferroviaria de Colombia parecía
una prioridad impostergable. La consigna era desarrollar
un país unificado por una eficaz red de trenes.
No obstante, dada la irregular topografía
del territorio nacional y el a veces malintencionado
proceder del gremio de los transportadores, el país
nunca llegaría a poseerla.
Prueba de esto es -por ejemplo- el que, terminando
el siglo XIX, los ferrocarriles de Barranquilla-Sabanilla
y La Dorada (territorios no montañosos) fueran
los más rentables.