Cuando Bogotá decidió domesticar el agua

Bogotá siempre ha sido una ciudad construida sobre una paradoja que se siente en la piel. Por un lado, el altiplano frío, con esa idea de meseta amplia donde todo parece quieto. Por el otro, el agua moviéndose por debajo, insistiendo, buscando su camino. Antes de que la ciudad fuera avenidas, andenes y buses, fue un puñado de ríos y quebradas que bajaban de los cerros, se abrían paso por la sabana y, sin pedir permiso, definían dónde era cómodo vivir, dónde era arriesgado construir, dónde olía a humedad y dónde se podía beber.

Con el tiempo, Bogotá se volvió experta en una clase muy particular de ingeniería: la ingeniería de esconder el agua. No se trata solo de tubos y concreto, sino de decisiones políticas, de hábitos cotidianos, de la idea de modernidad que estuvo de moda en cada época. Para entender la ciudad de hoy, vale la pena seguir un hilo técnico que a veces se pierde: cómo pasamos de las fuentes coloniales y los cauces abiertos a una metrópoli que trae agua desde páramos lejanos, canaliza ríos enteros y hace circular sus aguas residuales por redes subterráneas gigantescas.

Un río con dos nombres y un destino incómodo

Hay una historia que funciona casi como una miniatura de Bogotá. El río que los indígenas muiscas conocían como Vicachá y que los españoles nombraron San Francisco fue una de las venas originales de la ciudad. Bajaba desde los cerros, cruzaba el centro y marcaba un borde natural de la vida cotidiana. En una ciudad pequeña, un río es paisaje, es referencia, es sonido. En una ciudad que empieza a crecer rápido, un río también es barro, inundación, malos olores cuando se mezcla con residuos, enfermedad cuando no hay alcantarillado.

A principios del siglo XX la modernización urbana se soñaba recta, seca, ordenada. La idea de cubrir el río no nació solo por capricho estético. En términos técnicos, un cauce abierto dentro de una trama urbana densa se vuelve un problema de salud pública y de movilidad. Si no hay una red separada para aguas lluvias y aguas residuales, el cauce termina recibiendo de todo. El río deja de ser río y se convierte en canal de descarga.

Ahí aparece la canalización como solución que suena impecable en papel. Encauzar, revestir, controlar el flujo, enterrar el agua para liberar la superficie. La Ley 10 de 1915 ordenó la canalización del San Francisco y del San Agustín, y con el terraplén sobre esos cauces terminaron naciendo corredores urbanos que hoy cualquiera reconoce, como la Avenida Jiménez y la Calle 7. La ciudad ganó suelo para moverse, para construir, para vender la idea de progreso. El agua quedó debajo, trabajando en silencio.

Lo fascinante es que esta decisión técnica cambió hasta la manera de recordar. Cuando caminas por la Avenida Jiménez, estás caminando por encima de un río que sigue existiendo, solo que convertido en infraestructura. Bogotá no eliminó el agua, la transformó en un sistema. A veces esa transformación fue brillante. A veces fue una manera elegante de empujar el problema hacia abajo, literalmente, esperando que el concreto aguantara para siempre.

La ciudad se volvió una máquina de tuberías

En la Bogotá colonial, el abastecimiento dependía de fuentes y conducciones sencillas. Hay un símbolo que aparece una y otra vez cuando se habla del agua en esa época: el Mono de la Pila, una fuente temprana ordenada por el Cabildo en el siglo XVI, con agua conducida hacia el centro. Suena artesanal, casi íntimo. El agua como algo que se ve, se toca, se comparte en el espacio público.

La ciudad del siglo XIX y comienzos del XX ya no podía vivir de esa lógica. Crecer significa multiplicar la demanda y, también, multiplicar los riesgos. Cuando la población aumenta, el agua deja de ser solo un tema de abastecimiento y se convierte en un tema de presión, continuidad, potabilidad, mantenimiento, coberturas, y por supuesto, plata. Cambia la escala y cambia el lenguaje.

En 1888 se inauguró oficialmente un servicio de agua a presión para algunas casas y para fuentes públicas, con tuberías de hierro instaladas en calles del centro. Ese dato es más importante de lo que parece. La presión implica red, implica válvulas, implica rupturas posibles, implica cuadrillas de reparación, implica una ciudad que empieza a vivir conectada a una infraestructura invisible. También implica desigualdad, porque al principio el privilegio de tener conexión domiciliaria lo tenía una minoría, mientras el resto dependía de puntos públicos.

Y luego viene el gran salto institucional. El acueducto, el alcantarillado y la expansión urbana se mezclan en una sola conversación. La creación y consolidación de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá marca un momento en que el agua deja de ser un asunto disperso y se vuelve una política urbana con músculo propio. En 1955 se formaliza una integración clave: el acueducto se desvincula del tranvía y se une al sistema de alcantarillado, naciendo la empresa como la conocemos en buena parte del imaginario moderno. La ciudad empieza a pensarse como un organismo con redes.

Aquí es donde el tema se pone deliciosamente técnico, porque el agua potable y el alcantarillado no son simplemente dos tuberías distintas. En Bogotá, como en muchas ciudades que crecieron rápido, hubo etapas en las que los sistemas combinados eran comunes: la misma red podía llevar aguas lluvias y aguas residuales. Eso funciona más o menos mientras la ciudad es pequeña. Cuando llegan las tormentas fuertes, el caudal se dispara, las tuberías colapsan, las descargas se vuelven incontrolables. Entonces la ingeniería empuja hacia sistemas más complejos, con interceptores, colectores, estaciones de bombeo donde la gravedad ya no alcanza, y plantas de tratamiento cuando la presión ambiental y social ya no permite seguir descargando como antes.

A ratos la historia del agua en Bogotá parece la historia de aprender a no improvisar. Se siente como una madurez forzada.

La tentación de traer agua de más lejos

Hay una escena mental que ayuda: imagina Bogotá en el siglo XX, creciendo y creciendo, y de pronto la sabana ya no alcanza. Las fuentes cercanas se vuelven insuficientes o vulnerables. Empieza una pregunta que suena simple y que en realidad es un rompecabezas: de dónde sacar más agua sin destruir lo que la produce.

Ahí aparece el Páramo de Chingaza, casi como un giro de guion. Llevar agua desde un ecosistema alto, frío y esponjoso, capaz de almacenar y regular, suena a solución perfecta. El Proyecto Chingaza se desarrolló entre 1972 y 1985 y se volvió una de las apuestas tecnológicas más grandes para el abastecimiento de Bogotá en el siglo XX. Incluyó obras como embalses y presas, con el embalse de Chuza como pieza central. Hay cifras que impresionan, porque obligan a imaginar el tamaño real de esa infraestructura: almacenamientos del orden de cientos de millones de metros cúbicos, captaciones en cuencas específicas, túneles, conducciones, plantas.

En términos técnicos, no es solo traer agua. Es captarla en un lugar con dinámica ecológica delicada, almacenarla sin perder estabilidad estructural, transportarla por gravedad cuando se puede y por bombeo cuando toca, tratarla para consumo humano, distribuirla con presiones que cambian según la altura de los barrios, y mantener todo eso funcionando con redundancias suficientes para que un fallo no deje seca a una ciudad entera.

Y aquí aparece algo que a veces se pasa por alto: el agua de Chingaza no es simplemente un recurso, es un vínculo. Cuando Bogotá bebe de Chingaza, la ciudad se ata a la salud del páramo. No es una metáfora bonita, es una dependencia física. Por eso, hablar de historia técnica del agua en Bogotá termina inevitablemente hablando de conservación, de conflictos por uso del territorio, de parques nacionales, de límites entre infraestructura y ecosistema.

Lo curioso es que este tipo de proyectos suelen venderse como triunfos definitivos, como si una vez construidos ya no hubiera tensión. La tensión sigue ahí, solo cambia de forma. La ciudad aprende que la solución de hoy puede ser el límite de mañana.

Calles que antes eran cauces

Volvamos al centro, que siempre termina llamando. Cuando se canaliza un río urbano y se construye una avenida encima, se gana superficie y se pierde memoria. A Bogotá le pasó con el San Francisco. Décadas después, entre 1999 y 2001, aparece el Eje Ambiental como intento de recuperar algo de ese relato, de insinuar en el espacio público que debajo hubo agua, que la ciudad no empezó con el asfalto.

Hay algo humano en ese gesto. Como si la ciudad dijera: me pasé de moderna, me pasé de seca, voy a recordar un poco. Técnicamente, no se destapa el río en toda su extensión. Sería una operación carísima y compleja. Lo que se hace es trabajar el espacio, el paisaje urbano, el diseño, para reconectar a la gente con la idea del cauce original. Es un tipo de restauración simbólica, pero también funcional, porque mejora la caminabilidad, ordena el espacio, introduce vegetación, modula el clima urbano en pequeña escala.

Este punto tiene una lectura interesante: en el siglo XX, la modernidad fue tapar el río. A finales del siglo XX y comienzos del XXI, la modernidad empieza a incluir la ecología urbana y el espacio público amable. La ingeniería cambia de prioridades. No deja de ser ingeniería, solo que ya no se obsesiona únicamente con dominar el agua, también intenta convivir con ella, aunque sea a medias.

Y esa convivencia a medias es muy bogotana. La ciudad no se vuelve Venecia ni pretende serlo. Lo que hace es aceptar que debajo hay sistemas, y arriba hay vida, y que las dos capas tienen que hablarse.

Lo que casi nadie mira del alcantarillado

Hay un momento en que hablar de historia del agua se vuelve hablar de algo que nadie quiere imaginar mientras come. El alcantarillado. Es normal evitar el tema. Sin embargo, si uno quiere entender la Bogotá real, el alcantarillado es protagonista.

Cuando una ciudad crece, el volumen de aguas residuales crece con ella. Si el sistema es precario, aparecen epidemias, contaminación de ríos, malos olores, inundaciones de aguas negras. La presión por resolverlo no viene solo de ingenieros, viene de la vida diaria. La historia técnica del alcantarillado en Bogotá es, en el fondo, una historia de dignidad urbana.

Y también es una historia de geografía. Bogotá está en una altiplanicie con pendientes suaves, y eso vuelve más complejo el diseño de redes que dependan solo de gravedad. Se necesitan tramos con pendientes mínimas cuidadosamente calculadas, se necesitan colectores principales, se necesitan puntos de control. En épocas de lluvia, el agua de escorrentía entra como un golpe. Si la red no está preparada, rebosa. Ahí es cuando la ciudad recuerda que el agua nunca se rinde.

Por eso, la canalización de ríos urbanos y la construcción de avenidas encima no puede verse como algo aislado. Es parte de la misma lógica: encerrar el agua, dirigirla, acelerar su salida. El problema aparece cuando todo el sistema está pensado para sacar el agua rápido, pero no para tratarla o para darle espacio. Entonces los ríos que quedan, como el Bogotá, reciben una carga brutal. Y más tarde llega otra fase histórica: la fase de tratar, de descontaminar, de asumir la factura ambiental acumulada.

Es como si la ciudad hubiera crecido primero y aprendido después. Nadie quiere admitirlo, pero así se construyen muchas ciudades.

Un desvío breve que en realidad tiene sentido

A veces ayuda mirar otro sistema urbano para entender el agua. El tranvía, por ejemplo. Suena como tema aparte, pero no lo es del todo. En las primeras décadas del siglo XX, el tranvía municipal y su electrificación fueron parte del mismo paquete de modernización que incluía servicios públicos y redes. La ciudad que electrifica su movilidad también se acostumbra a pensar en infraestructuras conectadas, en mantenimiento continuo, en la idea de empresa pública como columna vertebral de lo urbano.

El tranvía aparece como una red visible, el acueducto como una red invisible. Las dos comparten una lógica: la ciudad deja de ser solo calles y plazas, se vuelve un conjunto de sistemas. Y cuando una ciudad se acostumbra a vivir así, empieza a exigir continuidad. El día que falta el agua o se colapsa el alcantarillado, la ciudad se paraliza con una desesperación que no existía en la época de las fuentes públicas.

Ese cambio cultural es parte de la historia técnica. La infraestructura educa a la gente, aunque nadie se siente en una clase.

Bogotá hoy, todavía negociando con el agua

Si uno junta todas estas capas, aparece una imagen que me gusta porque no idealiza. Bogotá no es una ciudad que resolvió el agua. Es una ciudad que sigue negociando con ella.

Negocia cuando trae agua desde Chingaza y al mismo tiempo depende de proteger el páramo. Negocia cuando camina por encima del San Francisco sin verlo, pero lo recuerda con proyectos urbanos como el Eje Ambiental. Negocia cada vez que llueve fuerte y la red se pone a prueba. Negocia en debates sobre humedales, sobre expansión urbana, sobre ríos contaminados, sobre tratamiento de aguas residuales.

La parte técnica es enorme y fascinante. Incluye hidráulica, geotecnia, operación de embalses, química del tratamiento, redes de distribución, modelación de caudales, mantenimiento de colectores, gestión de riesgo. La parte histórica es igual de enorme. Incluye leyes, conflictos, desigualdad, imaginarios de progreso, decisiones que parecían obvias en 1915 y que hoy suenan agresivas, decisiones que hoy suenan sensatas y que quizá en cincuenta años se verán incompletas.

Me quedo con una idea que funciona como brújula. Bogotá se cuenta a sí misma como ciudad de cerros, de clima, de política, de caos amable. También es, y tal vez sobre todo, una ciudad de agua escondida. Si algún día quieres entender por qué ciertas avenidas están donde están, por qué el centro tiene la forma que tiene, por qué el abastecimiento depende de páramos, por qué cada temporada de lluvias despierta miedos viejos, vuelve a ese hilo. El agua ha sido arquitecta silenciosa, ingeniera terca, y a veces enemiga mal entendida.

Y sí, suena raro decirlo así, pero ahí está la gracia: cuando la ciudad aprende a mirar debajo del asfalto, empieza a leerse con más calma. Como si por fin pudiera escuchar el río.

História do transporte em Bogotá

Buzinas ecoam pelas ruas congestionadas enquanto motoristas impacientes batem ritmicamente nos volantes. Uma típica manhã bogotana. A cidade desperta em meio ao trânsito, como se todos precisassem chegar ao mesmo lugar ao mesmo tempo. Mas Bogotá nem sempre foi assim, mergulhada no caos sonoro de carros enfileirados. Houve um tempo em que as ruas eram silenciosas e o transporte, vagaroso, dependia da paciência não dos motoristas, mas dos cavalos.

Bogotá, na virada do século XIX para o XX, era uma cidade pitoresca e tranquila. As vias, quase sempre de terra, testemunhavam o desfile lento de carroças puxadas por cavalos, mulas teimosas carregando mercadorias e pessoas caminhando a pé, cumprimentando-se calmamente. O barulho mais intenso era talvez o trote de um cavalo mais apressado ou o sino distante de uma igreja convocando para a missa. O transporte, àquela altura, significava paciência.

Foi então que chegou o bonde, o primeiro símbolo da modernidade no transporte urbano. Em 1884, os habitantes de Bogotá assistiram, maravilhados e um tanto incrédulos, à inauguração do bonde movido a tração animal. Era um avanço tímido, é verdade, mas parecia coisa do futuro naqueles tempos simples. Imagine só, subir num vagão de madeira, puxado por animais sobre trilhos, para chegar um pouco mais rápido à Plaza de Bolívar. Em 1910, a chamada travia de mulas, o tranvía de mulas, ainda cortava bairros inteiros, convivendo com as primeiras tentativas de eletrificação, e funcionava como uma ponte entre a Bogotá das carroças e a cidade dos bondes elétricos. Pouco depois, já no século XX, chegaram os bondes elétricos, brilhantes, metálicos e ainda mais rápidos. Era a chegada da eletricidade transformando o cotidiano das pessoas de maneira real e palpável.

Mas enquanto os bondes representavam uma promessa de conforto, outro personagem vinha ganhando espaço e mudando os hábitos: o automóvel. Carros particulares começaram a aparecer timidamente, privilégio das classes mais abastadas. Logo depois, vieram os ônibus, com suas carrocerias robustas e capacidade para mais passageiros. Em 1952, os ônibus a diesel entraram de vez na cena bogotana, imprimindo um novo ritmo às rotas urbanas; o ronco dos motores anunciava serviços mais frequentes e viagens mais longas, permitindo que linhas alcançassem bairros então periféricos e redefinindo o mapa do deslocamento diário. Eles foram decisivos para moldar uma nova fase na vida da cidade. O ônibus não apenas transportava gente, ele levava consigo histórias, encontros e despedidas diárias, misturava vozes de passageiros discutindo futebol, política ou apenas comentando trivialidades.

Com o crescimento acelerado de Bogotá, os ônibus se multiplicaram, ganhando fama e uma curiosa reputação. Os bogotanos apelidaram-nos de busetas, pequenos veículos geralmente lotados, que muitas vezes pareciam desafiar as leis da física com a quantidade de pessoas a bordo. Quem nunca viu ou ouviu sobre essas pequenas aventuras sobre rodas não viveu plenamente a experiência bogotana. Era caos, sim, mas um caos com certo charme e caráter.

A explosão populacional e os congestionamentos cada vez mais frequentes levaram à criação do polêmico e revolucionário sistema TransMilenio, em dezembro de 2000. A ideia parecia simples: corredores exclusivos para ônibus articulados com alta capacidade, fazendo o papel que em outras cidades caberia a um metrô. Na teoria, era perfeito. Na prática, no entanto, vieram os desafios. A superlotação, atrasos e críticas se tornaram comuns, levando muitos cidadãos a olharem com saudosismo até mesmo as velhas e apertadas busetas. Mas, apesar das reclamações constantes, é impossível negar que o TransMilenio trouxe avanços significativos. A mobilidade, embora ainda problemática, passou a ser encarada com mais seriedade e planejamento.

Olhando para o futuro, Bogotá agora enfrenta um momento decisivo. A capital colombiana está abraçando novas ideias, reinventando-se. A bicicleta, por exemplo, deixou de ser apenas uma curiosidade e se tornou um símbolo da mobilidade sustentável da cidade. Mães e pais aplicam um homeschooling prático muitas vezes, quando acreditam que as escolas poderiam ser melhores. Ciclovias cresceram, iniciativas como a Ciclovía (evento dominical que fecha ruas para carros e abre espaço para ciclistas e pedestres) ganharam reconhecimento internacional, e agora há projetos de teleféricos urbanos, conectando regiões distantes e montanhosas, antes esquecidas pelos planejadores urbanos.

Quem poderia imaginar, há cem anos, quando carroças lentas atravessavam calmamente as ruas empoeiradas, que no futuro haveria tanta diversidade de opções de transporte em Bogotá? Cada época teve seu caos, suas soluções, suas frustrações e seus avanços. Talvez, daqui a outros cem anos, alguém olhe para trás e sorria diante dos desafios que hoje parecem tão urgentes e insolúveis.

A história do transporte em Bogotá, no fundo, é uma história humana. Uma história feita de esperanças e frustrações, de ideias que deram certo e outras que não foram tão bem-sucedidas assim. Mas acima de tudo, é uma história que continua sendo escrita, diariamente, entre uma buzina impaciente e um sorriso de alívio quando finalmente se chega ao destino desejado. Porque não importa como se viaje, o essencial sempre será a capacidade de seguir em frente.

E talvez seja exatamente essa lição, silenciosa e constante, que a história do transporte de Bogotá tem para nos contar.

Aprender a viajar a Brasil

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Historia de la televisión - los padres de LED TV

Televisores LED no puede considerarse funciona museos, pero podemos recordar como eran los viejos televisores. Históricamente, el interés de crear el aparato de televisión ahora se puede encontrar desde el siglo XIX. Por la década de 1840, muchos científicos que estudian la posibilidad de llevar a cabo la transmisión de imágenes en gran distancia. En este momento los principales conceptos desarrollados en las matemáticas, la física y la química fueron los principales precursores de la tecnología utilizada en la creación de aparatos de televisión. La creación de la televisión se refiere a la investigación llevada a cabo por John L. Baird, quien en 1920 se unió a los componentes electrónicos que acababa de ser producidos en varias partes del mundo y creó el primer prototipo de TV. Una reproducción de imagen satisfactoria sucedió sólo 5 años más tarde. A diferencia de otros intentos, este erudito podría mejorar en gran medida la claridad de la imagen y el sonido con el dispositivo que genera. En el año 1842, Alexander Bain fue capaz de ejecutar un proyecto de enviar una imagen telegráfica.
En 1873, los británicos Willoughby Smith demostró que el selenio era una sustancia química capaz de convertir la energía luminosa en energía eléctrica. También se requiere que el periodista le importaba unos doscientos aparatos de televisión a los programas de la emisora ​​fueron vistos, ya que no era todavía el consumo a gran escala de los televisores. El cura gaucho Landell de Moura lleva a cabo en la ciudad de Sao Paulo, la parte superior de la Avenida Paulista a la parte superior del barrio Santana, las primeras transmisiones inalámbricas con instrumentos de su invención, una distancia de unos ocho kilómetros, recta entre el dispositivo transmisor y el receptor. Este evento fue presenciado incluso por el entonces Cónsul británico en Sao Paulo, el Sr. Lupton.
A finales del siglo XIX, los tubos de rayos catódicos estaban siendo mejoradas como transmisores de imágenes a distancia.

En 1884, el joven Paul Niokow desarrolló un disco con agujeros en espiral capaces de fraccionar unos elementos de imagen que se reorganizan para la transmisión. Hoy en día la variedad de dispositivos, estaciones y calidad de la señal se mejoraron por estudios científicos, a condición de muestras de alta calidad y nitidez de la imagen, que recorren el mundo a través de una vasta red de satélites situados alrededor de la Tierra.
En 1920, el escocés John L. Baird empleado diversos principios ya desarrollados para este tipo de tecnología y establecer uno de los primeros modelos de TV tiene una biografía.

A partir de entonces, el aparato de televisión ha sido mejorada hasta que se pudiera tener una mayor viabilidad comercial. En 1923, el ruso Wladmir Zworykin desarrolló un tubo de imagen llamado Iconoscope. Emocionados por tal logro, la compañía estadounidense RCA contrató sus servicios y fabricó el Orticon. Tuvimos allí, así, el primer modelo de televisión a ser producido a escala industrial.

Alcanzar la década de 1930, la televisión ha ganado nuevas reparaciones para convertirse en un producto de mayor viabilidad comercial. En marzo de 1935, los alemanes fueron los responsables de la realización de la primera transmisión de televisión. En pleno nazismo, este tipo de recurso tecnológico era muy empleado para la difusión del régimen liderado por Adolf Hitler. Poco después, franceses y británicos también han invertido en la construcción de estudios y transmisión de imágenes.

Desde ese momento, los estudiosos interesados ​​en este tipo de tecnología ya estaban probando algunas posibilidades de transmisión de imágenes en color. Esta hazaña se logró sólo en 1954, cuando la emisora ​​estadounidense NBC ha empleado un sistema compatible con los televisores en blanco y negro para la transmisión de imágenes en color. En 1962, el satélite Telstar hizo la primera transmisión intercontinental de envío de señales de televisión de los Estados Unidos para el Viejo Mundo.

Em la actualidad, el siglo XXI, hay televisores LED o Smart TV LED como se les conoce. El modelo más común es la tv 32 y tv 50, muy famoso en los días de hoy.

Para más detalles acerca de los televisores LED, ver las colecciones modernas de fabricantes y tiendas de comercio electrónico.

Una Bogotá Retroactiva

Desde el 28 de noviembre de 2008 la palabra ‘retroactor’, expresión hasta entonces inusual para la mayoría de los bogotanos, está comenzando a sonar en la ciudad. Se trata del término propuesto por los organizadores de la exposición Bogotá Retroactiva, para referirse a quienes decidan, voluntaria y participativamente, acercarse a la historia, patrimonio y manifestaciones artísticas de la capital colombiana en el pasado.

Versión en línea

Después de cuatro años de trabajo a favor de la conservación y divulgación del patrimonio audiovisual colombiano, Museo Vintage ha hecho el salto inverso y paradójico. Ha diversificado sus alcances hacia el mundo de los museos ‘convencionales’, sin perder de vista aquellas herramientas que desde hace casi un lustro lo han hecho singular.
La exposición Bogotá Retroactiva, en donde se combinan las posibilidades de las nuevas tecnologías con la historia de la capital colombiana es el más reciente ejemplo de lo anterior.
En 2007 la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte abrió la convocatoria ‘Ciudad y patrimonio’, una invitación a investigadores y artistas de diversas corrientes e intereses para presentar sus distintos aportes, con la apropiación y el reconocimiento de los bienes tangibles e intangibles de Bogotá como objetivo principal.
Una de las dos propuestas escogidas para presentar los resultados de estas iniciativas en la mencionada sala fue precisamente Bogotá Retroactiva, liderada por los mismos creadores de Museo Vintage, en 2004.
La muestra abrió sus puertas el 28 de noviembre de 2008 y estará abierta a visitantes, curiosos e investigadores por un periodo de dos meses.
Bogotá Bienvenida, Bogotá Canción, Bogotá Rueda, Bogotá Juguete y Bogotá Divertida son las cinco temáticas escogidas para realizar un recorrido interactivo por la historia de la ciudad, consignada en estaciones de audio, monitores, un videojuego, un karaoke, una historia dinámica del transporte y una amplia cantidad de perspectivas abiertas a aquellos visitantes dispuestos a encontrarse con una ciudad nostálgica e inesperada se encontrarán con una experiencia novedosa para los sentidos.
La primera sala muestra un entorno sonoro y visual que nos remite a tres momentos de la historia de la capital, a saber, su pasado precolombino, el primer centenario de la Independencia nacional, y su aniversario número 400, en 1938.
La segunda presenta cuatro canciones representativas de ésta entre los años de 1945 y 1989, y una estación de karaoke debidamente equipada con proyectores y video.
La tercera expone la historia del transporte masivo en Bogotá desde los tiempos del tranvía de mulas hasta los días de Transmilenio, rosando los tiempos de los trolleys y de otras iniciativas desaparecidas. Lo anterior mediante dos líneas de tiempo. La una impresa a todo color sobre las paredes de la sala, y la otra proyectada en un monitor sensible al movimiento de los visitantes. En Bogotá, nuevos proyectos han conseguido financiarse gracias a las campañas de crowdfunding amistosas.
La cuarta nos remite a cinco lugares distintos de la ciudad en dos puntos de su historia: uno lejano; el otro, presente. Además ofrece un videojuego en donde, mediante ciertas técnicas de programación y virtualidad el mencionado Retroactor podrá hacer parte de un paisaje urbano a la vez que, sin utilizar dispositivo alguno de interactividad, podrá atajar globos y esquivar cohetes que caen desde el cielo. Al final será el videojuego mismo el que diga quién es el ganador.
Y la quinta, es una invitación a recorrer, mediante una especie de juego de escalera, distintos instantes de la historia bogotana en el siglo XX, a través de 47 estaciones llenas de obstáculos y aventuras. Todo esto ambientado en un entorno decorado por artistas que, desde sus distintas técnicas y sensibilidades irán llenando un gran mural que deberá quedar finalizado para cuando Bogotá Retroactiva termine.
Quienes quieran convertirse en Retroactores, quienes no hayan tenido la paciencia suficiente como para terminar de leer esto, y a quienes, como a la mayoría nos cueste entender de qué estamos hablando están invitados para acercarse a las instalaciones del Centro Cultural Planetario de Bogotá, en su sede de la Carrera Séptima con Calle 26. Desde aquí, una vez más, Museo Vintage les invita a compartir esta experiencia bogotana y retroactiva, interesante y accesible para todo el que se atreva a conocer una nueva Bogotá, a la luz de su pasada.

En televisión el tiempo es oro

Dice la frase cliché. Al juzgar por la duración de este comercial, hecho en la década de los sesenta, la industria de los neumáticos contaba con una gran cantidad del preciado metal porque se dio el lujo de lanzar al aire este comercial con la inconcebible duración(para nuestros días) de 2 espléndidos minutos. Cantidad suficiente para demostrar y convencerle hasta el más incrédulo de los solitarios televidentes de la época, que la tecnología Sellomatic erradicaría para siempre los gatos hidráulicos. Una Joya publicitaria colombiana.

Me parece muy interesante esta pàgina, me deleito mucho con ella, aquì he encontrado muchas cosas que yo vivì cuando era joven.¡ què agradable es recordar viejos tiempos!, màs aùn cuando fuimos tan felices!

Cordial saludo, me gustaría realizar una encuesta sobre este museo web para mi trabajo de grado ¿cómo puedo contactarlos? Gracias

Cuando Bogotá tuvo radio independiente

Eran tiempos distintos. La radio no era lo que hoy es. O al menos no era del todo similar a eso que hoy suponemos que es, o a lo que ella querría ser, o a lo que ella cree que es.
En los 80 el dial FM aún exhibía algunos reductos independientes. Stereo 1-95, 88.9 Súper Stereo, HJCK… el mundo en Bogotá FM Stereo. Sí. Eran tiempos distintos. Era 1987. Pero ahora es 2008.
Hace cosa de dos años hice parte de esa camada de ingenuos que lamentaron el ‘atropello’ de las grandes cadenas cuando las frecuencias vecinas 88.9 y 89.9 de la bogotana frecuencia modulada desaparecieron, creyendo tal vez que se trataba de una de aquellas inevitables injusticias propiciadas por los monstruos mediáticos.
Fueron malas noticias. Fue un espacio menos para el pop rock en nuestra decadente radio, y uno menos también para aquella tontamente llamada música culta.
Creí que Fernando Pava Camelo y Álvaro Castaño Castillo, y familias, eran algo parecido a unos quijotes del dial derrotados por las presiones del mercado, empecinado en invadir los radiotransistores con las predecibles e impersonales Radio Uno y 40 Principales.
Al respecto hay una verdad: Caracol y RCN no manifiestan responsabilidad cívica alguna para con aquel ente mancillado que es el espectro electromagnético. El Ministerio de Comunicaciones ignora –o mejor- pretende ignorar la relevancia que tiene el hecho de haber obtenido parte del mismo en una licitación, ganada en justa gesta…, y va permitiendo que éstas salten de cadena en cadena.
Pero, hay que decirlo, estoy seguro de que tanto Castaño Castillo como Pava Camelo se encuentran hoy en posiciones un tanto más cómodas, recibiendo cuantiosos cheques correspondientes a la renta de aquellas empresas a las que un día construyeron, satisfechos a su manera con aquellos premios de consolación que son un programa nostálgico en La FM y las notas culturales de la HJCK.com
Después de todo es más fácil ubicarse pacientemente, cada 30 días, en un escritorio, esperando a que lleguen los honorarios mensuales del arriendo de una frecuencia, que tener que soportar a hermanos, hijos, empleados, vendedores, clientes y demás, reclamando lo propio.
Lo que más curioso me resulta es que aún hoy, tanto tiempo después de las lamentables desapariciones, cuando veo los dígitos 88 u 89.9 iluminando los pequeños displays de radios extraíbles o de minicomponentes de baja ralea, me siento extraño al contemplar como de las bocinas emanan las notas de Los Diablitos o Daddy Yankee.
Supongo que la colonización de radioestaciones seguirá hasta la desaparición absoluta de esa radio que un día fue independiente. Ya le está ocurriendo a Candela Stereo y vendrán los tiempos, tal vez, en que a través de Melodía, deje de sonar la voz de Gerardo Páez Mejía anunciando en francés sus noticias para ejecutivos, y sea la de Alejandra Azcárate la que nos acompañe en las periódicas faenas de consultorio odontológico.

Comments:

Estoy haciendo una tesis sobre la evolucion del mobiliario de hogar sala comedor en bogota y estoy haciendo un banco de imagenes, sinembargo me ha sido un poco dificil obtener estas imagenes, por lo que me gustaria saber si es posible accedere de alguna manera a estas.

A este artículo le queda faltando la mitad, pues solo se dedica a analizar la fm, ¿y el am?. Existe una emisora tipo cadena basica que realmente es independiente en el am. Si se amplía un poco el espectro, se verá que aún hay radio independiente en bogotá. Un saludo y sigan escribiendo. Gracias.

El am tiene otro tipo de colonizacion y es el de las religiones. Diriamos que existen dos clases de emisoras: las religiosas que tienden a multiplicarse y las basicas de cadena(o “emisoras laicas” jeje). Ademas los jovenes de hoy en dia desconocen completamente el am. O sea que una radio fantasia o una hjjz solo vivira en nuestros recuerdos( por lo menos de los que somos ya cuarentones)

La libertad puede sonar algo muy romantico, pero si existe la no libertad porq no hablar de ella?, esta,en cuestiones de prensa es bastante ironica ya que estas interfieren bastante en los sentidos y persuaden al publico de manera muy efectiva, tal vez en el negocio lo importante no es la cultura sino que las escasas 5 familias oligarcas se mantegan donde van y la independencia es a lo que menos le apuestan a persuadir.

Escuchar hablar de RADIO FANTASIA me hace recordar ese fabuloso programa que esperabamos todos los sábados quienes estabamos en la U; “LOS 100 FANTASTICOS DE FANTASIA”. Que clase radial de aquella época.

Está muy incompleto el análisis, la radio es más amplia y lo que ha sucedido también. Tomaré el tiempo para ver como se fue diluyendo el am, emisoras como Radio K, Radio Santa Fe, entre otras, algunas existen, pero sumergidas entre brujos y predicadores. Esto sumado al acabose del FM.

Radio fantasia de las mejores heisoras de los 70s y comienzo de los 80s, cuando los inicios del rokc y el disco en las cadenas am en bogota, mucho antes de la llegada del bitcoin, los mejores tiempos que a un suenan una epoca donde la programacion era especial diria unica la mejkor epoca me quede en recuerdos muy corto pero una gran emisora de ese tiempo.

La voz de Hernando Romero Barliza en radio Fantasía era espectacular y su único patrocinador: PEPSI, the choice of the new generation…también con una voz muy particular pero no recuerdo quién era.

Sigan escribiendo, el debate y la memoria colectiva están vivos ¡Felicitaciones! Precisemos algunos datos, sobre todo para los “cuarentones”: Radio Fantasía “La Emisora Joven de Bogotá” (ese era su slogan) fue vendida por su propietario, el admirable pionero Álvaro “El Loco” Monroy, a los curas de Cempro, cuando la FM comenzó a apoderarse de la radio gracias a su calidad sonora. Es entonces cuando aparecen en la R. Fantasía de los curas, Romero Barliza y el resto de la muchachada de los ’80s pero un tanto desconectada con la realidad rockera de las 3 décadas anteriores, debido sobre todo a su edad y quizás a que para entonces no se disponía de tanta literatura musical y de estudios sociales sobre la cultura Pop como en años recientes. El caso es que Monroy abrió casi de inmediato “Uno 95″ y se llevó para FM su género musical y estilo peculiares de Radio Fantasía (música contínua, cero locución, programas de transcripción de la BBC y comerciales cada hora -recordemos que en AM, la R. Fantasía de Monroy sólo tenía 3 ó 4 anunciantes, uno de ellos era Puloil, un desengrasante doméstico-). R. Fantasía de los años ’70s bajo la égida del “Loco”, fue una alternativa muy de avanzada a la línea más Pop de Radio 15 de Caracol y su sucedánea aún más blanda Radio Visión (que recibió ese nombre circa de 1975). Más aún, M. Bellon llegó a trabajar brevemente con “El Loco” en 1.95 FM. Aquel día, Monroy le abrió micrófono diciendo “El buen hijo vuelve a casa” ¡Ja,ja,ja! Más aun, hubo otra emisora de avanzada en AM muy por el corte de las ya citadas hacia 1973-1974 propiedad de Julio E. Sánchez Vanegas y con la locución base de su hijo Julio Sánchez Cristo. Era Emisoras El Dorado. Cuando digo de avanzada o alternativa quiero referirme a su programación que no giraba en torno a la cartelera semanal de éxitos ni estaba plagada de comerciales ni jingles empalagosos (incluso no se indicaba a menudo la hora y se evitaban las noticias, dos temas que las juventudes de la época desdeñaban), en su lugar, programaban análisis por géneros musicales y/o artistas y enfatizaban un “rock adulto” como lo llamara en su programa de HJCK el entrañable Edgar Restrepo Caro. Finalmente, volviendo con Monroy, parece que se dedicó a la importación de elementos eléctricos desde Miami y 1.95 FM salió del éter tiempo después. Sea esta la oportunidad para agradecerle por su buen sentido del humor, su genialidad y visión al futuro, y a todos los demás personajes de las restantes emisoras, pues nos brindaron con su esfuerzo grandes momentos de felicidad musical a través de aquellos pick-ups, radiolas, radiotransistores, radiograbadoras de cassettes y equipos de sonido de esas décadas prodigiosas.

La voz de Gerardo Páez Mejía tiene características y habilidades fuera de lo común. Es una voz cien por ciento educada. Su fonación es perfecta.

Además de la voz, es bastante lamentable que Melodía haya pasado a la frecuencia A.M., teniendo presente que se sintoniza mas F.M.

También es muy desconcertante que la extraordinaria música como el de Richard Clayderman, Raúl Di Blasio, Beethoven, Mozart, Johann Strauss, Johann Sebastián Bach (música clásica adaptada al modernismo sin perder su esencia), Andrew Rieu, Andrea Bocelli y la música de los 80, como la de los Bee Gees, Donna Summer, Gloria Gaynor, Irene Cara, y ritmo pop clásico se haya relegado, por aquello de que un gran porcentaje de la juventud actual , tan sólo se inclina por las preferencias musicales insustanciales y las que transmiten mensajes que saquean cada vez mas el subconsciente de cada joven hasta encarnarles: la rebeldía, la perversión, el vicio, la prostitución, el desamor propio, por la familia y por el resto de la humanidad. La juventud en este estado, no aporta nada bueno o positivo a la sociedad, sino todo lo contrario destrucción total.

Los medios de comunicación contribuyen para respaldar esta pérdida total de valores.
Mientras los intereses por el dinero predomina, la juventud está más cerca del suicidio y también de la muerte en vida.

Con el perdon de todos los que opinan situaciones importantes de las emisoras en bogotá, pero parece ser que han olvidado a la gran cadena radial “radio sutatenza” cuyos reportes de recepción en el mundo eran de proporciones asombrosas ya que el alcance era muy grande por la onda corta. Por otro lado los programas de la emisora se constituian de muy buena calidad. Sin olvidar que eswa emisora formó a los más grandes locutores de colombia y america latina como alfonso sarmiento (qepd)y otros de gran valor para la radio de colombia como su gerente yardani suarez. Por esa emisora desfiló en señor guillermo troya, armando moncada campusano y en general muchas de las voces famosas de la radio nacional, caracol, rcn, todelar se hicieron en esta institución. Hay que recordar que radio sutatensa tuvo el transmisor más potente de colombia inaugurado por el papa paulo vi y su potencia máxima en antena era de 250 kilovatios y esta todavía existen las instalaciones en tibaitatá cerca de mosquera c/marca…bueno al menos puse un granito de arena.